
Llevo varios días pensando en cómo dibujar mi culpa. Lo racionalizo, como hago últimamente (y mal) com todos mis dibujos. La culpa debe de ser una criatura monstruosa, aterradora, una perseguidora incipiente y astuta. Me voy temprano a pasear: así evito el calor, y aprovecho para pensar en esto. Ya de paso, claro, me evito los retos del desayuno.
El ritual de la mañana laborable es tal que así: me pongo un café y me tomo medio. Mi padre, despierto ya desde las cinco, se sienta a la mesa cuando yo ya empiezo a abrir los ojos a la cafeína. Mi perra hace el resto, suplica, me insiste, me patea, me ladra hasta que salimos, así que mi taza se queda en la mesa a medias. Cuando regreso del campo sigue en el mismo sitio, pero ya han pasado cosas. Mi madre recoge los demás restos del desayuno rapidamente antes de subir a vestir a mi padre. La taza se viene conmigo y empiezo la jornada de ordenador. Los cascos me escudan de todo los demás. No importa qué música, cualquier cosa me vale para separarme de lo que ocurre en el resto de la casa. Solo así consigo las tres horas de concentración del día.
El ritual de la mañana laborable es un ritual de protección. El café, claro, se queda frío y lo aborrezco. Miro la taza y calculo el precio de aventurarme al microondas para un recalentado. Lo que ocurre cuando me quito los cascos y bajo con mi taza nadie lo sabe. A veces una captura directa: Genoveva a ver si tú me puedes ayudar con tal cosa que no encuentro, tal otra que no entiendo. A veces una cesión compasiva, qué haces papi con ese cable, qué buscas las gafas? trae que te lo abro, tomaste las pastillas? Calentar un café casi nunca es calentar un café, así que mejor me pongo los cascos y lo tomo frío.
Mi culpa no es un oso ni una mancha ni una criatura abominable y sibilina. Mi culpa es un objeto inanimado, cálido, hogareño, siempre presente.
